UN MUNDO MONOLINGÜE

Seguro que cuando miramos el mapa del mundo no podemos evitar sentirnos abrumados al intentar comprender su inmensidad. Lo que sobre el papel es un conjunto de formaciones terrestres separadas y bañadas todas por una imponente masa de agua es asimismo el territorio sobre el que se extiende un sinfín de culturas, las cuales se organizan en unidades políticas, los países, pero que, más allá de las fronteras que las delimitan, están pobladas por todo tipo de comunidades, cada una de las cuales habla una o más lenguas, albergan tradiciones únicas y exóticas entre sí, porta una historia particular que las ha hecho evolucionar hasta el punto presente e incluye personas que piensan y sienten de manera muy diferente. Y a la vez, paradójicamente, nos fascina la frecuencia con la que encontramos puntos en común entre dichas culturas que parecen acercarnos en cuanto a una serie de valores y creencias fundamentales. En efecto, cuando miramos el mapa vemos regiones tan distintas las unas de las otras y nos deleitamos imaginando cómo llegaron a conformarse cada una de esas unidades culturales, cómo se fueron transformando con el tiempo y cuál será su destino en el futuro.

Como no podría ser de otra manera, uno de los elementos que más marca las diferencias entre las distintas comunidades culturales son los idiomas. En el mundo, se calcula que actualmente se hablan en torno a 7000 lenguas, muchas de las cuales guardan relación las unas con las otras y otras muchas presentando una naturaleza más aislada y no relacionada. Esta gran riqueza de idiomas, según explica la lingüística, es el resultado de la diversificación en varias lenguas de otras lenguas troncales que, en el pasado, abarcaban más territorios, pero que con el tiempo fueron desarrollándose separadamente ya que las distintas comunidades de hablantes vivían en regiones diferentes. Siguiendo esta teoría, las lenguas actuales se pueden ir agrupando en familias cada vez más grandes, a modo de árbol genealógico, hasta formar grandes troncos que nutrieron la infinidad de idiomas que hablamos a día de hoy, como las lenguas indoeuropeas y las lenguas urálicas. No obstante, hay que tener en cuenta que los estudios que conformaron estos diagramas no incluían todas las lenguas minoritarias, por lo que no abarcan la totalidad de los idiomas existentes y, por lo tanto, siguen perpetrando el misterio relativo a la existencia de una primera lengua original a partir de la cual evolucionasen todos los sistemas lingüísticos de hoy. Pero, ¿un mundo en el que se hable una lengua? ¿Cómo sería el mundo en el que vivimos, nuestra realidad diaria, si todas y cada una de las personas que lo habitan se comunicaran en el mismo idioma? ¿Qué pasaría con la profesión traductora, desaparecería por completo? ¿Es la utopía del idioma universal el principio del fin de nuestra industria?

Por «idioma universal» se puede hacer referencia, por un lado, a uno de los múltiples idiomas existentes que se usa como lengua vehicular para la comunicación intercultural en un ámbito determinado, como puede ser el inglés en la época actual. No obstante, por otro lado, el concepto de «idioma universal» puede referirse a una situación hipotética en la que todos los habitantes del planeta hablasen el mismo idioma, entendido este de forma homogénea. Decimos de forma homogénea porque si admitimos la idea de un idioma universal en el que confluyan distintos acentos según la ubicación geográfica, estaríamos admitiendo un parámetro que, con el paso del tiempo, podría traducirse en alteraciones dentro de ese idioma universal, por lo que dejaría de ser tal cosa y pasaría a convertirse, poco a poco, en una variante.

Lo cierto es que un mundo en el que se hable una sola lengua parece una idea bastante atractiva. Se trata de la posibilidad de comunicarnos con cualquier persona del mundo sin impedimento lingüístico, de visitar distintos países y poder desenvolvernos libremente sin la existencia de una barrera lingüística que ponga limitaciones a lo que queremos expresar y acceder a todo tipo de información procedente de cualquier parte del mundo. Sin lugar a dudas, esto supondría una gran ventaja desde el punto de vista comercial, ya que las empresas podrían lanzar sus productos en cualquier país y tendrían garantizado que el mensaje de sus campañas tendría el mismo efecto lingüístico a un lado y al otro del planeta. En otras palabras, un mundo monolingüe es un mundo más ágil e inmediato en el que la comunicación está unificada y las personas pueden soñar con recorrerlo y descubrirlo libremente sin que su experiencia se vea afectada por la existencia de más de un sistema lingüístico.

No obstante, ¿qué le ocurriría a la industria de la traducción en un mundo sin variación lingüística? Seguramente, el grueso de los servicios que presta no existiría ni se concebiría como tal, ya que la necesidad de expresar en una lengua B lo que se ha expresado en una lengua A no tendría cabida, y los traductores, en el sentido estricto, no tendrían la oportunidad de ejercer su labor. Seguramente existirían trabajos lingüísticos de otra índole, como la corrección ortotipográfica, la corrección de estilo, la redacción creativa, pero siempre en un contexto monolingüe.

De igual modo, la idea de un mundo monolingüe en el que todas las personas de todos los lugares hablen el mismo idioma resulta bastante improbable, y es que la distribución geográfica hace que las comunidades, aunque conectadas a través de Internet, desarrollen sus propias maneras lingüísticas, lo que haría que, partiendo de una sola lengua y con el paso de muchos años, la misma lengua se diversificase en variantes con un origen común, pero con características únicas y diferenciadoras. De nuevo, llegaríamos a la situación del mundo real, donde acabaríamos con infinidad de lenguas que en última instancia proceden de un origen común. Al final, parece que lo natural es evolucionar hacia delante, hacia la diversificación.

 

Ref. de la imagen: https://hbr.org/2017/03/does-work-make-you-happy-evidence-from-the-world-happiness-report

 

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