LA DECLINACIÓN DE LAS DECLINACIONES

Las lenguas orales poseen rasgos característicos que suscitan en nosotros una atracción semejante a la de la luz en las polillas (una entonación peculiar, un sistema de escritura llamativo, una forma particular de conceptualizar la realidad, etc.); pero también poseen rasgos que pueden llegar a resultar intimidatorios, como si de polillas gigantes se tratara. Para algunos hispanohablantes, este último es el caso de las declinaciones: un procedimiento morfológico presente en muchos idiomas y que seguramente recuerden con aprecio los estudiantes de letras, entre otras personas con inclinación hacia el estudio de las lenguas. Ahora bien, ¿qué es una declinación?

 

En palabras de mi antigua profesora de latín, la cual insistió en que debíamos aprender esta definición de memoria, la declinación es «el conjunto ordenado de todas las formas que puede adoptar una palabra para funcionar dentro de la oración». Es decir, que una misma palabra se modifica (mediante sufijación, infijación, prefijación o metafonía) según su función sintáctica. Esta declinación (realmente existían varias según la terminación del sustantivo), engloba una serie de «casos» en relación con dicha función. En latín, por ejemplo, existía el nominativo (sujeto o atributo), el vocativo, el genitivo (c. nominal), el acusativo (c. directo), el dativo (c. indirecto) y el ablativo (c. circunstancial). No obstante, el número de casos puede variar en cada idioma: el árabe tiene tres, el alemán tiene cuatro, el ruso tiene seis (además de restos del vocativo en algunas expresiones), el finés tiene quince y el húngaro, veintiséis.

 

Por este motivo, una opinión bastante extendida entre los hispanohablantes es que este recurso dificulta enormemente el aprendizaje y el habla de una lengua, pero convendría destacar que la declinación es a los sustantivos lo que la conjugación es a los verbos; y los hablantes de español no parecen expresarse con mayor dificultad cuando alternan entre las casi 80 derivaciones morfológicas que adopta el verbo «hablar» (sin contar sus formas compuestas). Se trata de algo que se va interiorizando durante el proceso de aprendizaje y que se utiliza de forma natural durante el discurso. Bien es cierto que su uso puede resultarnos lejano porque el contacto más cercano que conservamos con las declinaciones es el del latín que, como ya no se encuentra extendido, ha contribuido a gestar esta idea que relaciona la declinación con lo arcaico. De hecho, el español aún conserva vestigios de su lengua predecesora: los pronombres personales yo, me, mi, conmigo (y sus correspondientes formas en otras personas y números) corresponden a la declinación latina de ego. Un dato curioso es que «conmigo» (aparentemente con + migo) se decía originalmente mecum, es decir, cum + me (con + yo), pero los antiguos hispanos hablantes de latín de entonces no localizaban que la preposición cum se encontraba al final y comenzaron a decir cum mecum, una forma redundante que por medio de distintos procesos de derivación etimológicos ha llegado a nosotros como cum mecum > cummecum > cunmecum > cunmecu > conmeco > conmico > conmigo. Pero, en perspectiva, ¿por qué la mayoría de descendientes del latín perdieron las declinaciones?

 

Como se explica en este artículo, la declinación de las declinaciones fue el resultado de una serie de factores. Resulta que las desinencias que adoptaban los sustantivos eran iguales en muchas ocasiones (p. ej., la forma rosae se correspondía con el nominativo plural, el vocativo plural, el genitivo singular y el dativo singular de rosa. Esto dificultaba en muchas ocasiones averiguar la función sintáctica, por lo que podía dar lugar a confusiones. Además, casos como el acusativo desempeñaban infinidad de funciones sintácticas y a menudo era imposible determinar la misma con exactitud. Este hecho promovió el empleo de recursos para explicitar estas funciones, siendo el más habitual el uso de preposiciones. El latín contaba con un gran número de preposiciones y estas eran un medio eficaz para marcar la sintaxis, así que poco a poco este recurso se fue consolidando y las preposiciones se especializaron en funciones sintácticas concretas, así que el empleo de las declinaciones paso a considerarse redundante. Evidentemente, esta evolución duró siglos y tuvo como consecuencia directa en estos idiomas una mayor limitación en la distribución de palabras dentro de la oración. Las lenguas con declinaciones pueden colocar las palabras con mayor libertad dentro de una oración porque es el caso el que designa su función, pero en lenguas como el español, el francés o el italiano es preciso colocar las palabras en un orden menos flexible.

 

No cabe duda de que los idiomas son organismos vivos y que experimentan grandes cambios a lo largo de sus longevas vidas. ¿Quién sabe cómo será el español que hablemos dentro de un siglo?

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