Conocer el origen de las palabras suscita el interés de muchas personas porque les permite remontarse hasta la génesis de un vocablo e ir desentrañando su evolución a lo largo de la historia según el uso que de este hayan hecho los hablantes. Si bien es cierto que los principios de la semiótica dictan que la relación entre significante (palabra) y significado (concepto) es convencional, casi todas las palabras llevan implícita una asociación ideológica, asociación que no siempre es la misma en todos los idiomas y que proporciona una valiosa información en cuanto a la cultura en épocas pasadas. Por ello, desde el punto de vista interlingüístico, resulta fascinante investigar cuáles son estas asociaciones subyacentes en las etimologías de las palabras que representan un mismo concepto. En esta ocasión, vamos a comparar en varias lenguas los distintos orígenes de las voces que se emplean para designar la palabra «cama», desde donde nos dejamos llevar por los brazos de Morfeo al mundo de los sueños.

En casi todas las lenguas suele existir más de una palabra para representar un mismo concepto; con el tiempo, cada una se va especializando, por lo que pasará a emplearse solo en circunstancias específicas.

En ruso, por ejemplo, encontramos tres voces distintas: кровать /krɐˈvatʲ/, постель /pɐ’sjtjelj/ y ложе /ˈɫoʐə/.

Aunque esta última se considera obsoleta, las dos primeras son de uso común y, en ocasiones, intercambiables, por lo que muchos hablantes de ruso se interesan en conocer cuáles son las diferencias para poder expresarse con propiedad.

Parece ser que ambas comparten el significado amplio de «cama» cuando se refieren a «tumbarse en ella»; pero sensu stricto кровать hace referencia al mueble sobre el que se coloca el colchón mientras que una постель la conforman todos los elementos necesarios para el descanso, así que no tiene por qué colocarse en una кровать, sino que puede encontrarse sobre el suelo o un sofá.

 Por otro lado, sus orígenes etimológicos son de lo más interesante.

 КРОВАТЬ procede del griego clásico κράββατος /kráb.ba.tos/, voz a su vez procedente del macedonio antiguo γράβος /grábos/ (es. roble), madera que seguramente empleasen para construir este tipo de estructuras.

Esta raíz también fue recogida en latín (lat. grabātus) pero solo dio fruto en francés (grabat) y portugués (grabato), en alusión en ambos casos a un lecho incómodo y de reducidas dimensiones.

Sorprendentemente, en el griego moderno no solo se sigue empleando la forma evolucionada ΚΡΕΒΆΤΙ /krebáti/ para decir «cama», sino que además representa una popular tradición prenupcial: το κρεβάτι. Unos días antes de la boda, los amigos y la familia se reúnen para hacer la cama de los futuros recién casados y les desean prosperidad vistiéndola de blanco, esparciendo pétalos de rosa, lanzando arroz y dinero al lecho nupcial y hasta recostando bebés sobre ella para determinar el sexo de la futura descendencia (vídeo).

Por el contrario, ПОСТЕЛЬ es una palabra cuya etimología se enmarca en el propio léxico ruso, puesto que deriva del verbo стлать /stɫatʲ/: colocar algo extendiéndolo, como un mantel sobre una mesa o ropa de cama sobre la misma. Esta cuenta con multitud de cognados en otras lenguas: постiль (ucr.), постелка (bul.), postel (chec.) y постеља (srb-cro.), entre otros.

Por último, y en línea con este tipo de derivación dentro de la propia lengua, tenemos ЛОЖЕ, que viene del verbo лежать /ljɪɀátj/ (es. acostarse, yacer, reposar). De esta misma raíz proceden las voces polacas łóżko, łoże.

En español y en portugués (entre otras lenguas de la península ibérica) se usa la palabra CAMA, siendo este uno de los muchos casos en los que son varias las teorías que circulan en torno a su etimología.

En su entrada en el Diccionario de la RAE, se explica que esta procede del latín cama, pero algunas fuentes van más allá y la vinculan con la voz latina gamba o camba (que evolucionaría hasta nuestros días a través de la asimilación del grupo «mb» a «m»).

Esta raíz, posiblemente derivada del griego καμπή /kampé/, significaba en origen «pata», «pierna»; de ella proceden las formas jambe (fr.), cama (cat.), gamba (it.) y jamón (es.). No obstante, la relación entre este concepto y el de «cama» es bastante dudosa, por lo que muchos teóricos han tratado de rastrear sus orígenes por otros caminos.

En la misma fuente, se defiende que hay textos que apuntarían al origen no latino del término y se menciona este extracto:

«Cama est brevis lectus et circa terram. Graeci enim χμαί breve dicunt».

«Cama es un lecho bajito y sobre tierra. Los griegos llaman chamai a lo bajito».

Esta palabra griega sería un adverbio con el significado de «a nivel del suelo», «en la tierra» que además aparece en varias palabras compuestas como χαμεύνη /kʰa.měu̯.nɛː/ (lecho sobre el suelo). Es probable que al descomponer esas formas se acabara llamando simplemente «chamai» a ese suelo acondicionado con jergones o mantas sobre el que dormían los pobres. Además, debido a la convivencia entre el griego y el latín es muy probable que estos últimos lo transcribieran en su lengua como camae, que a los oídos inexpertos podría parecer el nominativo plural femenino de cama.

Esta teoría guardaría una estrecha relación con la palabra «camada», que en origen designaba la porción de suelo donde dormían o se refugiaban los animales.

Otro étimo de recorrido destacable es el que presenta el francés LIT. Esta palabra procede directamente del latín lectus, por lo que también existen cognados en otras lenguas: leito (pt.), letto (it.), lecho (es.) y hasta litter (in.); conviene recordar sobre este último ejemplo que entre otras muchas opciones de traducción se encuentran «camilla», «litera» ¡y hasta «camada»! ¿No es abrumador observar este tipo de conexiones que se establecen a lo largo del tiempo, del espacio y de las culturas?

En cuanto a la explicación etimológica del sustantivo, parece ser que proviene de la raíz indoeuropea «legʰ-», emparentada con el verbo inglés to lie (es. echarse, tumbarse, yacer, i.a.) y con el verbo ruso лежать /ljɪɀatj/, sobre el que ya hemos hablado anteriormente.

En inglés se llama BED, voz de origen germánico que ha llegado al alemán (Bett), al holandés (bed) y hasta al japonés (ベッド, /be̞d̚d̥o̞/).

Para sorpresa de nadie, sus orígenes son inciertos. Las teorías convencionales relacionaban las raíces germánicas con la idea de cavar, pero parece que no hay suficientes evidencias para demostrar que nuestros antepasados excavasen la tierra para descansar. Por ello, pensadores más recientes, tras percatarse de que palabras como Beet y bed («bancal» en alemán y danés, respectivamente), directamente emparentadas con el inglés bed, aluden a la idea de excavar la tierra, han concluido que esta debió ser la primera acepción del término, seguida de la de «lugar para enterrar difuntos», desde donde poco a poco se extrapolaría este sentido de «lugar para descansar» por simbolismo.

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