CULTURAS ANUMÉRICAS

Vivimos en un mundo entendido a través de los números. Pensamos en números. Creamos con números. Nos movemos por números. Somos números. Y, aun así, podríamos preguntarnos: ¿existen realmente? El día a día de la civilización se rige desde tiempos inmemoriales por la capacidad de contar y medir en distintas unidades. Antaño, contábamos el número de reses que componían nuestro ganado, el número de frutos recolectados, los astros que componían las constelaciones y cuántas lunas se tardaba en llegar de un sitio a otro. En la actualidad, nos identificamos con secuencias numéricas, medimos una hora en sesenta minutos compuestos por tres mil seiscientos segundos, pagamos en diferentes unidades monetarias por bienes y servicios y sabemos si la cantidad de una cosa es escasa o abundante porque tenemos la capacidad de distinguir un elemento de forma aislada y analizar el número de veces que este se encuentra en un entorno. Y es que, sería imposible entender nuestra realidad sin los números. ¿O no? Lo cierto es que existen civilizaciones cuyas lenguas no incluyen números como tal, por lo que interpretan la realidad de forma distinta, lo que nos lleva a cuestionarnos si la capacidad de contar, entendida como la percepción de elementos discretos que se pueden agrupar conceptualmente, es inherente al ser humano o, por el contrario, es una habilidad que adquirimos gracias al lenguaje.

Las civilizaciones que han propiciado estas cuestiones se ubican en la región del Amazonas. Más concretamente, hablamos, en primer lugar, de la tribu Pirahã, compuesta por menos de 400 personas y establecida junto al río Maici, afluente del Amazonas. Se llaman a sí mismos «cabezas rectas» (por oposición a los extranjeros, a los que llaman «cabezas torcidas») y viven esencialmente de la pesca y la agricultura. Se les considera una tribu seminómada porque, cuando llega la estación lluviosa, tienen que desplazarse hacia el interior de la tierra firme para subsistir. Como casi todas las lenguas de las civilizaciones más recónditas, los hiaiti’ihi (como se denominan en su lengua nativa), hablan una lengua que combina silbidos, murmullos y gritos con significados específicos. Según parece, entre sus rasgos más llamativos está la ausencia de sustantivos colectivos o de términos para los colores, la carencia de palabras para definir conceptos abstractos, la inexistencia de frases subordinadas o del pasado verbal y, por supuesto, la naturaleza anumérica de su idioma. Si bien es cierto que algunos investigadores creen que dicha tribu cuenta con alguna palabra para expresar «una unidad», «dos unidades» o «cinco unidades», su uso estaría limitado a elementos fácilmente asociables a esas cantidades como «cinco dedos de las manos», «dos ojos, manos, piernas, etc.» o «un sol», por lo que no puede afirmarse que sepan contar conscientemente de la forma en que lo hacen las civilizaciones numéricas. Lo cierto es que, si bien estas palabras existen, su uso está muy reducido, ya que los hablantes Pirahã recurren a dos términos específicos que hablan más bien de poco/pequeño y mucho/grande. Los hablantes no distinguen entre singular y plural, por lo que, dada la función que cumplen estas dos palabras, sería imposible distinguir entre los conceptos «un pez grande» y «muchos peces pequeños». Un misterio que quizá se pueda ir desvelando con investigación futuras.

De hecho, el antropólogo Daniel Everett vivió entre ellos durante más de 25 años junto a su mujer e hijos. En un interno por ayudarles a mejorar sus relaciones comerciales con otras civilizaciones, este se propuso enseñarles a contar, pero, tras más de ocho meses de intentos fallidos, no consiguió que los locales alcanzasen a contabilizar más de tres elementos o a responder operaciones matemáticas sencillas, como sumar uno más uno o uno más tres. Y es que, si sus hablantes han crecido comunicándose sin atender a cantidades, fechas u horas, ¿cómo va a resultarles sencillo contar o sumar si para ellos no existen los conceptos de expresar realidades en números e hipotetizar con ellos? Esto se refleja asimismo en su filosofía ciertamente empirista. Cuando Everett les preguntó si creían en algún dios o cómo pensaban que se habían creado las cosas, estos respondieron algo como «todo es lo mismo», es decir que nada cambia y que, por tanto, nada fue creado. Esta línea de pensamiento tiene lógica, y es que se trata de una civilización que habla un idioma en el que no existe el pasado. ¿Cómo se puede reflexionar entonces acerca de algo a lo que no podemos nombrar?

La segunda tribu situada en la región del Amazonas la componen los Wuy Jugu, aunque son más conocidos por el nombre que les daban sus enemigos: Mundurukú (u hormigas rojas, en alusión a su forma de atacar en masa). Se trata de una tribu que vive de la agricultura, la pesca, la caza y la recolección de productos silvestres, además de fabricar productos artesanales. Como con los Pirahã, nos encontramos ante una civilización en la que no existen los números, aunque sí existen registros de palabras para expresar vagamente cantidades agrupadas de elementos, como «un par» o «media docena». Sin embargo, cuando se les pidió participar en experimentos matemáticos demostraron habilidades parecidas a las de la otra tribu, lo que parece confirmar la teoría que el concepto de singular, plural, números exactos y demás realidades matemáticas son aprendidos mediante la facultad del lenguaje. Aquí conviene destacar que los miembros de sendas tribus presentan un desarrollo cognitivo normal y no presentan problemas para relacionarse con su entorno. Simplemente, viven una vida en la que no necesitan contar ni medir con la precisión de otras civilizaciones mayoritarias. Curiosamente, algunos miembros de los Mundurukú han tenido contacto con la lengua portuguesa hablada en Brasil y, cuando la hablan, sí que son capaces de incluir números pequeños en sus razonamientos, pero no son capaces de reproducirlo en su lengua nativa, lo que vendría a reforzar este razonamiento.

Sin duda, si queremos seguir aprendiendo sobre otras formas de entender el mundo a través de las lenguas de sus habitantes, es necesario continuar investigando y relacionándonos con estas culturas tan fascinantes y singulares.

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